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La UASD y sus eternos conflictos

Ernesto Jiménez Mi verdad

“Debemos adaptar  las instituciones de educación superior a las nuevas demandas sociales, mejorar la calidad, competitividad y flexibilizar el diseño y aplicación de los contenidos curriculares”.Leonel Fernández

La Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) fue fundada mediante la bula papal “In Apostulatus Culmine” en 1538, con el nombre de Universidad de Santo Tomás de Aquino. A partir de la referida bula, así como del posterior reconocimiento por la corona española, este centro de estudios se convirtió en una trascendental escuela de pensamiento del llamado “nuevo mundo”.

A pesar de infinidades de penurias y arbitrariedades, la luz de ilustración que proveía esta casa de altos estudios fue capaz de sobrevivir por tres siglos, hasta que las tropas invasoras haitianas decidieron cerrarla definitivamente en 1823. Esta decisión sumió a la educación superior en un doloroso letargo que se extendió por casi cien años; con notables excepciones que se dieron a la tarea de mantener viva la llama del saber, como es el caso del Arzobispo Fernando Arturo de Meriño y del insigne maestro Eugenio María de Hostos.

La universidad fue restablecida oficialmente en 1914, por decreto del presidente Ramón (Mon) Cáceres bajo el nombre de “Universidad de Santo Domingo”. Fue refundada como una universidad estatal de bajo costo, por lo tanto, al alcance de todo ciudadano que quisiese obtener un título de estudios superiores. Lamentablemente, fue cerrada nuevamente durante la ocupación estadounidense de 1916 a 1924, y más adelante, en los 31 años de tiranía de Trujillo (1930-1961), fue despojada de toda libertad e imparcialidad científica, siendo en cambio convertida en un centro de propaganda ideológica del régimen dictatorial.

Tras el ajusticiamiento del sátrapa, la universidad fue dotada de autonomía y fuero universitario, con lo cual se buscaba blindarla de toda injerencia estatal. Con la autonomía se inició una etapa de independencia doctrinaria que llevaría a la universidad a erigirse como el centro por excelencia de rebeldía ideológica ante el poder opresor del gobierno cuasi dictatorial del Dr. Joaquín Balaguer. Pero, concomitantemente a este proceso, también se inició una progresiva politización que permeó todas las estructuras orgánicas de la institución, degradando su calidad educativa y desviándola de su verdadera razón de ser.

En la actualidad, la UASD es un microcosmos de la nación, pues debido al bajo costo de la matrícula, todas las clases sociales, independientemente de su ideología o bandería política, tienen acceso a esta institución educativa, por lo tanto, es un fiel reflejo de todos los vicios y virtudes de la sociedad dominicana. Ahora bien, como producto de las luchas de poder, tanto internas como externas, los males que tradicionalmente aquejaron a la universidad se han agudizado con el paso del tiempo.

Dentro de estos males, uno de los principales es la macrocefálica burocratización de la gerencia, lo que unido a una profunda politización, impide todo esfuerzo serio de adecentar las estructuras administrativas. Esto ha viabilizado la persistencia de fenómenos que trastornan la normalidad de las funciones académicas, como por ejemplo: el desorden en la asignación docente para los alumnos, los desequilibrios salariales, la inexistente aplicación de reglamentos para estudiantes deficientes y profesores negligentes, el déficit de aulas, la insostenibilidad financiera, entre otros.

Resulta muy preocupante que los distintos sectores que cohabitan en la UASD, en vez de fomentar una gran concertación o coalición nacional en pos de transformar la universidad, están más ocupados en mantener sus diatribas internas y sus luchas de poder. Y al parecer no se percatan de que se están jugando la supervivencia misma de la institución, porque esta vez no cuentan con la excusa de la guerra fría, ya no son la única universidad pública, y además, existen otras alternativas de educación superior que en algunos casos ofrecen mayores estándares educativos.

Los sectores dominantes de la universidad deben entender que en estos momentos lo sensato es aunar esfuerzos con el Estado para adaptar sus estructuras, pensum y matrícula académica a los estándares que exigen las mejores universidades del continente. Los esfuerzos deben enfocarse en modernizar, eficientizar y despolitizar la casa de altos estudios para que pueda efectivamente ser un estandarte de oportunidades para los más pobres, y de esta manera contribuir, por muchos siglos más, al desarrollo del pueblo dominicano.

Por Ernesto Jiménez

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