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El hecho cultural, ¿qué es eso?

Fco. S. CruzMirar

Mucha gente  no saben que comer, vestir y hasta pintarse el rostro son actos (o hechos) culturales. Y voy más lejos, no saben ni se imaginan que, los vertederos, los cementerios y las iglesias son fuentes inagotables para indagar y descubrir hábitos alimenticios, ritos y creencias religiosas de culturas milenarias (y no tan milenarias) en donde la antropología socio-cultural tiene su campo de estudio. 

Siendo así, los actos o eventos culturales deberían ser llevados, además de las academias, al centro de la atención de la gente que de alguna forma u otra, quiera o se sienta identificada con alguna expresión de la cultura: una película, una semana cultural, la celebración de una fecha patria, una exposición pictórica, la puesta de circulación de un libro o una  simple exhibición de fotografía, etc. 

De modo, que el ‘hecho cultural’ no puede reducirse a un espacio, a una logia o a un cónclave de amigos y relacionados. Ni mucho menos, puede ser tele-dirigido ni siempre escenificado para convidados de piedras. Hay que llevar los eventos culturales a los públicos nacionales y universales pensando en otros escenarios (como por ejemplo, si es en el exterior): una colonia de un país cualquiera, una plaza de fácil acceso o una organización representativa. Enclaustrarlo -siempre o casi siempre- en una suerte de ciudad-amurallada, es una negación a su valor intrínseco: el goce, la valoración y la retroalimentación  del público. 

Hay que abandonar, algunas veces, las academias, los salones pomposos y solemnes y desinhibir las alergias a cierto público y a ciertos gustos (aunque alguien se sienta incomodo y puesta en evidencia sus ausencias), no pocas veces complacientes; pero sí, interesados o identificados -por cultura e historia- con un determinado ‘hecho cultural’. 

Es una lástima que un hecho cultural como la exhibición de una película, la circulación de un libro o una edificante charla, por poner algunos ejemplos, se pierda en un salón o en el currículo estrecho, egoísta e individual de una agenda ‘asaltada’, mas preocupada -ya en manos de sus asaltantes- por la resonancia y la venta del ‘yo (político-inorgánico)’, que por el cometido último de todo ‘hecho cultural’: llegar al público-objetivo, parte consustancial final de su realización. 

Si embargo, es necesario entenderlo de una vez (¡ojalá!), la cultura nunca será  un acto aislado. El hombre per se, despojado del poder y la gloria, es un ser gregario y solidario. Por lo tanto, el centro de realización del ‘hecho cultural’ no es el yo singular y enano, sino, el yo plural: en otras palabras, el universo, la patria.           

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